Friday, June 19, 2009

Escribir en Venezuela


Escribir en Venezuela



Escribir en Venezuela es crear y sembrar en un desierto.
País carente de verdaderos críticos literarios, éste no le ofrece al escritor, o a la escritora, un horizonte que pueda devolverle una cierta semblanza sentida, sensible y verosímil, más allá de unos pocos elogios y unas apreciaciones ligeras que sólo cumplen con ciertos requisitos mínimos de referencia, y que dejan mucho que desear. Es terrible pensar que un escritor, o una escritora, es realmente apreciado en este país, y añorado, cuando ha muerto. Es cuando se le recuerda, es cuando se subraya la pérdida irreparable, es cuando los elogios y los superlativos se asoman para expresar congoja y sentimentalismo, en lugar de ofrecernos una honesta opinión. Lo que el público necesita es sinceridad y criterio, no un lagrimeo que no resucita la obra que, al fin y al cabo, es lo que realmente queda.
Siempre se habla de las maravillas del talento del artista fallecido sin embargo se pasa de largo, por un pudor muy venezolano, su verdadera semblanza. ¿Cuándo tendremos testimonios veraces o biografías sinceras acerca de nuestros artistas, pensadores y escritores, como las que existen en países anglosajones, que no omiten decir ciertas verdades ineluctables que saltan a la vista, permitiendo que el lector pueda palpar algunos matices de la vida de un artista, y de todo ser humano, matices que remiten a las complejidades del alma humana? ¿Por qué tanto pudor? ¿Acaso no somos capaces de vernos realmente como somos? La riqueza del alma de un país está en la capacidad de verse, de comprenderse y de apreciarse sin el maquillaje, o la máscara, que necesita para subsistir como apariencia. Hace falta un poco más de esencia, de sustancia (de fondo, no de forma), para hacer alma y realmente empezar a “ser”, como individuos primero, y luego como país, como entidad cultural, y no simplemente “parecer”, lo cual se ha convertido en una manera de ser muy venezolana, en un deporte-pasatiempo, tanto en el escenario político, en lo social como en el mundillo literario también.
Acá va una sugerencia: ¿por qué no nos dedicamos a acercarnos más a nuestros escritores vivos?..., ¿por qué le damos tanto espacio a la política, a figuras políticas, a figuras de la economía, de la farándula, a figuras públicas que saben apenas balbucear y bracear algunos sofismas reiterativos, siempre los mismos? ¿Por qué le damos tanto espacio a personalidades del periodismo, por ejemplo, y no a auténticos escritores y genuinos pensadores que pululan en el anonimato? Los políticos pasan, las economías caducan, los seudo-pensadores ya no saben qué decir, porque probablemente no tienen ni la menor idea de lo que piensan decir, los periodistas son sustituidos por otros, los faranduleros también pasan por el mismo proceso, sin embargo las obras literarias permanecen. Estamos sobresaturados de “espectáculo”, de “distracción” efímera, que nos deja a menudo un gran vacío, una gran angustia. ¿Por qué no nos acercamos más a los que escriben, y que tienen realmente algo que decir, que transmitir, a los que nos hablan de esencia, a los que nos proponen detenernos para pensar, para sentir que estamos vivos, para tomar conciencia de nuestra realidad? ¿Por qué no nos acercamos a los que nos recuerdan que la vida es un viaje, un proceso, un cambio constante, un sufrimiento y, a la vez, un espacio privilegiado para el espíritu? ¿Por qué no nos acercamos a los que nos recuerdan que estamos de paso y que no hay tiempo para nimiedades? ¿Por qué no nos acercamos a los que nos están dejando un legado de reflexión, de poéticas, de supremacía de la imaginación, en lugar de buscar alguna opinión, que parece siempre más iluminada, más esplendorosa, fuera de nuestras fronteras, y en lugar de escuchar opiniones furtivas expresadas velozmente entre un programa y otro, entre un trago y otro, entre un diario y otro, entre un comentario y otro, como si fueran productos de consumo rápidos y masivos?... Lamentable realidad venezolana.
Ha llegado el momento oportuno, que no hay que dejar pasar, de detenernos a pensarnos, a reflexionarnos, a sentirnos de verdad, a empezar a vernos y comenzar a comprender la verdadera dimensión de nuestra conciencia, de nuestra realidad, de nuestras existencias, como individuos y como país, como seres creativos que somos y como expresión, porque escribimos, desde nuestras miradas heterogéneas, solitarias, y a la vez solidarias, que comparten un mismo mundo homogéneo: el de la vida y el de las palabras. Nuestros escritores tienen muchas cosas que decirnos, no hay que esperar a que se mueran para hacerles decir lo que nunca se atrevieron a pensar o ni siquiera imaginaron.
Escribir en Venezuela es realmente experimentar una soledad implacable. El escritor, o la escritora, se ve en la obligación de pertenecer a un grupo, a una tendencia, a una moda o a una imagen mítica creada artificialmente por unos cuantos adeptos. El escritor, o la escritora, se ve obligado muchas veces a formar parte de un grupo de amigos con los que pierde a la larga su individualidad, su frescura, su originalidad (lo genuino) por temor a quedarse solo, o sola, y vienen los temas de moda, las sempiternas opiniones kitsch, los mismos rostros en ciertas páginas de la prensa que no tienen nada que decir y que no dejan espacio para otros rostros o nuevas opiniones.
Si John Donne soltó una vez que “No man is an island” (“Ningún hombre es una isla”), para mí, en Venezuela, todo escritor está condenado a vivir en su "islote".
Resuenan en mí unas palabras del escritor quiteño Javier Vásconez (1946) (Ciudad lejana, El hombre de la mirada oblicua, El viajero de Praga, Jardín Capelo, entre otras obras y escritos) quien, respondiendo a la pregunta “¿Qué se siente escribir en Ecuador?”, contestó lo siguiente:
“Vivir en Ecuador es como escribir desde el exilio. Porque no es lo mismo escribir en México, Buenos Aires o Madrid que en Quito. Aquí todo es muy limitado, pequeño, uno trabaja desde la oscuridad, como si estuviera hundido en un cráter, sin referentes ni vasos comunicantes. Durante muchos años viví en España y en Francia. Poco a poco me fui quedando. Ahora es demasiado tarde para irme. Se supone que vivimos en una época globalizada. Pero eso no se aplica a este país. Parece que “adoramos” el aislamiento, por eso permanecemos fuera de ciertas coordenadas como ferias de libros, editoriales, revistas y publicaciones. En este país uno tiene que hacer de agente, promotor, todo al mismo tiempo. Para mí Ecuador sigue siendo incomprensible. Tal vez por eso me resulta literariamente tan atractivo, justamente porque las posibilidades son infinitas. Es igual que caminar en un territorio desconocido, que no se encuentra en ningún mapa, en plena libertad y sin tener que rendir cuentas a nadie”.
Aseveraciones justas y pertinentes que comparto y aplaudo porque se pueden aplicar también tanto a Caracas como a Venezuela ya que, siento, estamos, para decirlo muy coloquialmente, en lo mismo. A este respecto aún somos muy provincianos, tanto por nuestra manera de ser como por nuestra forma de evaluar el hecho literario que debería ser motivo cotidiano de comentarios, de reflexiones y de conversaciones, porque la literatura es el reflejo del alma de un país. Si la literatura anda mal, mal anda el país, y si la literatura es tan ignorada que pasa a convertirse en un añadido, esto es una inequívoca señal de que ya hemos perdido contacto con nuestro ser, con nuestra alma. Y esto es peligroso para nuestra sanidad psíquica, emocional y cultural.
¡Escucha, público, lo que tienen que decir tus auténticos escritores!..., porque todo escritor, y toda escritora, tiene siempre algo que decir..., y porque el escritor, o la escritora, es la conciencia de su tiempo, una conciencia que hay que saber escuchar.
Escribir en Venezuela es escribir en un desierto. Pues, esto puede cambiar, porque el escenario literario, de ahora en adelante, ya está cambiando. Se asoman nuevas voces, nuevos rostros, algunos ya maduros y otros por madurar. Y así saldremos, lo espero con gran entusiasmo, de una vez por todas de este letargo embrutecedor en el que nos tienen acostumbrados nuestros excesos de pudor, de mediocridad, por esa misma manía de repetir, sin mucho darnos cuenta, una misma fraseología vacía y estéril.
Estamos empezando a pisar una tierra de esperanza, un renacer de las letras en Venezuela, por cansancio, por agotamiento. Los viejos mitos (y las “vacas sagradas” de paso, vacas que hemos de visitar nuevamente para revalorizar su verdadero legado o evaluar si son ciertas, o inventadas, sus virtudes literarias) han quedado, desde ya, obsoletos.


José Sánchez Lecuna

1 comentarios:

Anonymous said...

Un abrazo profesor!! Celebro su escrito, que si bien es un poco desolador en buena parte (comprensible por estar usted hablando de un desierto), al final recupera el tono esperanzador que le recuerdo en sus clases. Comparto el desasosiego que provoca la crítica de pasillo, de cafetín y de programa televisivo, pero en estos tiempos dominados por la grandilocuencia y el narcisismo debemos reivindicar la idea del trabajo constante y cuidado; que quede algo distinto a ese error. Y creo que lo que usted hace en sus clases y escribe en sus novelas es un buen ejemplo de lo que creo.

Me gustaría verlo de nuevo en las aulas de clase, pero no se apure. Siga escribiendo y regalando sonrisas.